Soy Belén, psicóloga... y andaluza de barrio
Mi identidad se fue tejiendo en las calles donde crecí: tocar timbres para bajar a jugar, las vecinas llamándome por mi nombre, las noches de verano sentadas “al fresco”, compartiendo vida en la puerta. Crecí rodeada de vínculos y comunidad, y eso sigue siendo el corazón de cómo entiendo hoy la psicología y los cuidados.
Si hay una persona que atraviesa toda mi historia, es mi abuela. Ella no veía, pero tampoco le hacía falta: sabía mirar a oscuras. Con ella aprendí la ternura, la pausa, la espera y la forma de cuidar sin prisa. Y sí, también absorbí todos los mitos románticos posibles gracias a las telenovelas que veíamos juntas.
Siempre he sido romántica, sensible y llorona. Y llorar nunca me impidió plantar cara: cualquier injusticia me atravesaba y, aunque fuera con lágrimas en los ojos, la nombraba. Esa mezcla de emoción y fuerza sigue estando muy presente hoy en sesión.
¿Cómo llegué a la psicología?
Durante mucho tiempo no tenía claro qué era exactamente “esto de la psicología” o solo sabía que quería ayudar a las personas.
En mi entorno casi no se hablaba de terapia: quizá por la fuerza del barrio, quizá por la falta de educación emocional.
Recuerdo un momento clave en el instituto: unas charlas donde psicólogas hablaban de emociones y de vida. No podría repetir sus frases, pero sí recuerdo la sensación: yo quería hacer eso, escuchar, acompañar, ayudar a darle sentido a lo que dolía.
Mi primer contacto con una psicóloga fue, curiosamente, por Tuenti. Un perfil anónimo me leyó de una forma tan comprensiva que pensé: “quiero hacer sentir esto a otras personas”.
Elegí Psicología sin tener claro a dónde me llevaba ese camino. Era una muchacha de barrio que se fue a Málaga, de blablacar en blablacar, con sus tuppers y sus dudas. Allí encontré amigas maravillosas, pero también un estilo de vida mucho más individualista, más desconectado. Ahí tuve que aprender a estar conmigo misma, con mis preguntas, mis urgencias internas y mi cabeza a mil. Peté. Y fue entonces cuando me senté por primera vez frente a una psicóloga.
Aunque hoy entiendo por qué su enfoque no encajó del todo conmigo, esa experiencia fue importante: puso palabras a cosas que yo sentía y me ayudó a ver que el malestar también se puede mirar acompañada.
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Más allá de la psicología: lo que me mueve y me habita
Además de psicóloga, soy muchas otras cosas.
Soy de esas personas que leen buscando que algo les sacuda por dentro. Me atraen los libros que hablan de identidad, de amor, de lo poético y lo filosófico de la vida. También soy bastante friki estudiando: cuando algo me hace clic, quiero entenderlo a fondo, especialmente si me ayuda a comprender mejor el comportamiento humano.
La música es otra forma de habitarme. Vivo las canciones, las siento; tengo una para casi cada momento. Me mueve una buena letra que atraviese, igual que me mueve una buena verbena, una feria de pueblo, esos reencuentros que te devuelven a casa aunque estés lejos.
También está la comida: cocinar con mimo, comer sin prisa, saborear. Para mí es una forma de autocuidado y casi de resistencia en tiempos de inmediatez. Y el café… durante una etapa dejé de tomarlo por ansiedad y deseaba volver a disfrutarlo. Cuando regresó, lo convertí en un pequeño ritual conmigo misma.
¿Qué atraviesa mi manera de acompañarte?
Ser psicóloga para mí no va solo de aplicar técnicas. Va de sostener una mirada humana y crítica, de entender que lo que te pasa no existe aislado de tu barrio, tu familia, tu clase social, tu género o tu historia.
Creo profundamente que:
«El malestar tiene contexto y tiene historia: no es un fallo individual»
«Lo personal es político y los cuidados son revolucionarios.»
«No se trata de “estar bien todo el rato”, sino de vivir con más coherencia incluso cuando toca atravesar lo difícil.»
Escríbeme y vemos juntas si este espacio es para ti, sin compromiso.
Belén Luque, tu psicóloga